marcel2014:

Amig@s, les dejamos la carta que Marcel redactó para tod@s ustedes: “Nunca el hombre está vencido, su derrota es siempre breve, Un estímulo que mueve, la vocación de su guerra” (Patricio Manns) (Balance de una campaña luminosa y épica) He tardado un tiempo en escribir el balance de lo que ha sido esta campaña. Tenía que recuperar un tanto las fuerzas, la normalidad de ser nada más que yo. Hoy más repuesto, tanto de las alegrías vividas y gozadas como de las tristezas sufridas, la sabia calma me permite escribir con la debida serenidad que siempre es tan recomendable a la hora de los balances. En primer lugar, tengo la urgente necesidad de pensar en aquellas y aquellos que me acompañaron y a quienes yo acompañé en esta notable gesta de luminosa cruzada por los más preciados valores humanos que nos han impulsado desde que -como seres conscientes- hemos alcanzado un grado superior de existencia, a partir de tomar nota de la importancia de principios tan vitales como la justicia, la libertad y la fraternidad. Fue una experiencia de las que pocas veces en la vida tenemos, son de aquellos tiempos de epifanías con lo sublime, de realismo mágico al decir de Gabriel García Márquez, que son totalmente infrecuentes y que sólo es posible alcanzar si nos atrevemos a cruzar la línea de lo inesperado y desconocido, si nos atrevemos a lo que otros no se atreven, y si asumimos –obviamente- las consecuencias de todo aquello. Acá solo cabe alegrarnos de lo vivido, gozarnos de la experiencia estética que hemos tenido y buscar nuevos caminos, nuevas experiencias de plenitud como las que ya comenzamos a dejar atrás. Quedarán en las alforjas de la memoria indeleble de nuestra breve existencia, las plazas liberadas, las aulas universitarias, los teatros y calles atiborradas de banderas y gentes de buena tela y de todas las edades: jóvenes y hermosas mujeres que inundaban de abundante belleza la marcha hacia La Moneda y hombres jóvenes llenos de testosterona revolucionaria que llenaban de espíritu guerrero el grito desafiante y el blandir de las banderas, y ¿Cómo no sentir nostalgia del llanto luminoso de hombres y mujeres adultos que recuperaron la esperanza que habían perdido en la lucha política, después de años de infructuosos desencuentros y frustraciones? Todos ellos pusieron su corazón y su alma en esta notable gesta épica que puso a miles de seres humanos conscientes, en un camino común de trabajo revolucionario y transformador que no quedará en el olvido y habrá de dejar la huella correspondiente. Acá nos encontramos mujeres y hombres, viejos y jóvenes, que venían de la Convergencia Anticapitalista, del Movimiento Patriótico, de los Comités Comunistas, de la Unión Nacional Estudiantil, del Movimiento Amplio de Izquierda, del Movimiento Socialista de Trabajadores, del Wallmapuwen, la Izquierda Unida, el Partido Humanista, Unidad Comunista y muchos más; así como independientes que se destacaron en su compromiso y generosa colaboración. Con todos ellos recorrimos la comarca chilena, al igual que Violeta Parra, desenterrando y liberando sueños de justicia, utopías perdidas, esperanzas enredadas en carros de supermercado y carreteras urbanas saturadas de cemento y muerte súbita. Con todos ellos –mapuche, aymara, chileno, rapanui y otros pueblos de este territorio- llenamos peñas cantando nuestras pretensiones de justicia y libertad, de salarios dignos y pensiones decentes, de constituciones democráticas, de auténtica autonomía y derechos a educarse y tener salud, así como a la restitución de tierras y reconocimiento de antiguas y genuinas dignidades de pueblos que somos todos hermanos. Hicimos camino al andar, pero, siempre cantando. Cantar fue una impronta de nuestra campaña. Cantábamos con toda el alma al poner el voto en la urna, en los largos y fatigosos caminos con la radio de los vehículos al todo dar de sus parlantes y casi gritando; cantábamos en los restaurantes, al almuerzo y al caer la tarde, en las reuniones del movimiento y, en los escenarios, hicimos del canto un postulado revolucionario. Rompimos todos los estilos del quehacer político de nuestro tiempo, reinventamos la forma de hacer la política, recuperamos el abrazo honesto y el estrechar la mano como una forma de compromiso. Fuimos a buscar el sentir de nuestro pueblo para convertirlo en un canto de esperanza: todavía cantamos, todavía pedimos, todavía soñamos, todavía esperamos…por las flores que aromaban las calles, por la esperanza de saber que es posible que el jardín se ilumine, por un día distinto sin afrentas ni ayunos… Fuimos los únicos que nos atrevimos a llenar las calles y plazas y los teatros y así fue que esta pequeña minoría electoral fue la única fuerza política que se expresó como tal en esta campaña. Fuimos la estrella de las redes sociales y los ecos de nuestros vibrantes corazones alcanzaron otras latitudes en la vieja Europa, en la nueva Canadá y Australia, y en esta nuestra amada América sureña, morena y sensual como ninguna otra tierra del orbe. Fuimos la única candidatura que redactó, preparó y desplegó discursos de notable contenido y profundidad. La única candidatura que expuso un relato coherente, con historia y contundencia programática, asumiendo la palabra y su significado como un compromiso y una lealtad inquebrantable, como un anhelo incontenible de traer de vuelta la justicia y los derechos. Pusimos de nuevo en vigencia la palabra empeñada como una decisión tomada. Construimos un movimiento que alumbrará los destinos de Chile. Hemos nacido para engendrar una nueva historia, una nueva raza de hombres y mujeres, más orgullosa, más generosa, que hablará con voz fuerte y resonante, que no se humillará ante el patrón, que hablará con claridad y determinación y no se arrastrará ante el poder de los dueños de Chile, los señores de la guerra, esos que mandan a matar. No somos de aquellos y aquellas que confundimos la convicción y la determinación con la prepotencia y la arrogancia, ni menos de aquellas y aquellos que confunden el respeto con la sumisión y la subordinación. En todo esto hubo que pagar -cómo no- precios muy altos. Así nos lo recuerda ese notable americano, José Martí, “…el crimen y la desvergüenza salen siempre al camino de las obras virtuosas…”. No puedo dejar de mencionar cosas que hirieron profundamente mi ánimo y mi fortaleza física: las denuncias sobre mi conducta familiar y mí supuesta ligazón con la dictadura militar. El asunto del Diario Uno fue también algo que reiteradamente tuve que explicar. Está demás decir que los medios de comunicación jugaron el juego de los poderosos y lo hicieron de manera repugnante e indecorosa, pero, eso lo sabíamos. Está demás decir que los recursos fueron totalmente desequilibrantes y que los poderosos pusieron todas sus fichas en la Concertación y su candidata pusilánime y mediocre, pero eso también lo sabíamos. También sabíamos que todas las más viles y bajas prácticas humanas se iban a poner en juego, pero, en verdad, en algunos momentos superaron mi capacidad de resistir y soportar tanta inmunda materia de infierno y orgasmo luciferino. Creo que lo más grosero y doloroso que debí soportar fueron las acusaciones sobre mi conducta violenta e irresponsable con mis hijos de mi ex mujer. Al respecto solo quisiera señalar -en mi defensa y sólo para quienes han puesto su confianza en mí como vocero de esta odisea política, pues, para los que nos atacan no habrá juicio justo que les haga cambiar de opinión- que nunca fue la violencia la forma de educar a mis hijos ni la forma de relacionarme con mi ex mujer, a quien siempre respeté y traté con la dignidad que toda persona merece. No sólo por 27 años he asumido con largueza mis obligaciones económicas y por 23 años el cien por ciento de ellas, sino que también fui un padre presente, que se levantaba por las mañanas y les preparaba el desayuno, los llevaba al colegio, los acompañaba al médico y los cuidaba de sus enfermedades y de sus necesidades de contención afectiva. Nadie es buen juez de sí mismo eso está claro, pero, esas cosas fueron así, nadie puede negarlas sin faltar gravemente a la verdad y no fue de ninguna manera la violencia ni el castigo una práctica a la que yo haya recurrido con mis hijos. Respecto a los escritos absurdos y llenos de tergiversaciones malintencionadas que fueron redactadas por mi ex mujer y puestas en las redes sociales justo al momento de la elección, sólo puedo señalar que es ella quien menos puede decir cosas iguales. Durante los 23 años que vivió conmigo, con toda libertad estudio, trabajó y se tituló, pudo hacer tres postgrados, y todo ello sin la menor obligación ni responsabilidad económica con los hijos, a pesar de recibir no pocos ingresos, pues esa era, según ella, mi total responsabilidad; además, jamás fue violentada en medida menor siquiera, ni verbal ni físicamente. Nunca tuvo restricción alguna para desplegar sus potencialidades como persona, lo que yo no pude hacer de igual forma, dado que no eran pocas las responsabilidades que yo tenía con la familia. La separación fue una decisión mía pues simplemente no pude seguir tolerando su compulsiva manera de destruir la integridad moral de las personas que la circundan. Lo hice cuando ya mis hijos eran suficientemente grandes y cuando consideré que podían vincularse conmigo sin la intermediación de la madre. Esos escritos que repugnan la conciencia universal y el sentido de justicia, no son más que una continuación de su conducta incesante y compulsiva de degradar y destruir la legitimidad del otro. No es ella precisamente la víctima en esta historia. En cuanto a las acusaciones de haber trabajado para la dictadura creo he sido suficientemente explícito en mis respuestas y no voy a profundizar en ello, salvo decir que siempre trabajé –desde los inicios de la dictadura- en contra del régimen y fui explícitamente un activista contrario a ese período oscuro de Chile. Lo del Diario Uno también lo he explicado en abundancia y no da para seguir con esto, salvo insistir que era un proyecto político y no una empresa lucrativa. No había trabajadores ni nada parecido a ello. Éramos todos colaboradores en una cruzada por la libertad de expresión, nada más. Lo que sí quisiera yo agregar –también para mi defensa- es que cuando he tenido trabajadores bajo mi responsabilidad, siempre fue dentro del sistema de contratos, se pagaron siempre las respectivas cotizaciones previsionales, y los sueldos eran muy superiores a los de mercado. El trato que yo he dado a quienes trabajaron junto a mí, ha sido respetuoso y apegado a sus derechos. Así lo hice cuando tuve la responsabilidad directiva en Terram y Océana. Ciertamente los resultados electorales no nos favorecen mucho, pero, la política es una tarea larga que toma mucho tiempo. Llevamos 500 años de dominación extranjera y lo nuestro fue “un grito de liberación, por el siglo y medio de humillación”. ¡¡Templanza compañeros!! El camino es largo y serán otros hombres y otras mujeres quienes conocerán la tierra prometida después de una larga y trabajosa marcha por el desierto. No logramos despertar a todos los jóvenes, enfrentamos ese fenómeno doloroso de la colonialidad del poder que hace a los pueblos besar la mano de quienes los oprimen, que los hace sentirse justamente explotados y humillados, que los deja ausentes y no implicados en su propia historia, que los hace entregar a terceros los destinos de sus vidas y la de sus hijos. Somos también un país aún muy enfermo, tal como dijo Rodrigo Paz “en la sociedad chilena se instaló la anomia, es decir, la pérdida de la confianza en que existe un colectivo, un fenómeno que genera aislamiento e insensibilización”. Hay cuatro veces más síntomas depresivos en la población de chilenos adultos que en el resto de la población mundial. Tres de cada cuatro niños chilenos declara que en su casa hay situaciones de violencia física y/o psicológica, y uno de cada diez niños chilenos reporta que ha sido víctima de abuso sexual. Estos datos no son menores a la hora de comprender las dificultades que enfrenta un proyecto político nuevo, puesto que, la desesperanza aprendida, la depresión permanente, la costumbre al maltrato, tener la certeza de que nada cambiará y todo da lo mismo, hacen muy difíciles los cambios políticos ¿Cómo superar fácilmente, por ejemplo, esa odiosa frase mil veces escuchada durante la campaña “da lo mismo por quién votar todos los políticos son iguales”? Son cuarenta años de experiencia en frustración y desencanto con la política y no es fácil cambiar eso con todos los vientos en contra. Nosotras y nosotros hicimos lo que más pudimos, no fuimos ajenos a los errores que por cierto tenemos la voluntad de enmendar, pero, como sabemos, nunca estarán ausentes los equívocos en las acciones humanas. Enfrentábamos no sólo el legado de 500 años de opresión y prácticas de sumisión y subordinación de larga data, sino también, un país particularmente afectado por los últimos cuarenta años de impunidad, atropellos, violaciones y brutalidades sin fin. Y todo lo instituido desde la dictadura hasta la fecha, trabajó en contra nuestra. Ahora comenzamos la campaña para los próximos cuatro años que nos conducirá a La Moneda. Vamos a visitar Chile de nuevo, nos reuniremos con los comandos locales e iremos a todos los rincones de la patria. Tenemos la obligación de mantener viva esta tarea de construcción colectiva que nos permita cambiar los destinos de Chile. Debemos darle una orgánica, un programa político y una estrategia de acción. Debemos estar presentes en los próximos eventos electorales y en todos y cada uno de los conflictos ambientales y laborales. Debemos acordar una convocatoria a un congreso nacional del movimiento, en donde todas estas cosas serán discutidas, analizadas, definidas y puestas en práctica. Somos una fuerza política en expansión, partimos 200 en el Cine Arte Alameda en enero 2013, fuimos 10 mil en la inscripción de la candidatura, llenamos el Caupolicán totalmente, convocamos a 50 mil espíritus en Brasil con Alameda en el evento de cierre de la campaña; y en las urnas llegamos a 180 mil personas. Todo esto en 10 meses nada más. Nos hemos propuesto refundar Chile y para allá vamos. A no desfallecer y, en cuanto los caballos hayan tomado el descanso necesario y el agua vital para recuperar las fuerzas, retomaremos la senda del Ejercito Libertador. En mi balance personal ya lo he dicho, a pesar de los daños colaterales y gratuitas impugnaciones malintencionadas, puedo decir que fui feliz. Como diría Serrat “de vez en cuando la vida nos besa en la boca”. Este fue uno de esos tiempos para mí. Fue todo un placer recorrer la comarca y descubrir el tercer Chile, no ese que sufre el dolor de la injusticia ni menos ese que se vanagloria de los indicadores macroeconómicos que nunca son éxitos de Chile sino del extranjero. No, conocimos ese aún pequeño país que sueña, se enamora de un futuro más noble y generoso, que quiere proteger sus montañas, sus ríos, sus niños y sus abuelos, sus animales, su desierto y sus bosques, sus maravillosos lagos y su descollante Patagonia. Ese es el Chile que hemos hecho nacer y lo cuidaremos como el más preciado tesoro. Tenemos cuatro años por delante y debemos seguir dándole batalla a los depredadores y a los nuevos negreros. Con Fito Páez y la Mercedes Sosa lo repito nuevamente: ¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón Por nuestra revolución ciudadana ¡¡Arriba los que luchan!! ¡¡Que vivan para siempre las que luchan!! Marcel Claude.

marcel2014:

Amig@s, les dejamos la carta que Marcel redactó para tod@s ustedes:

“Nunca el hombre está vencido, su derrota es siempre breve,
Un estímulo que mueve, la vocación de su guerra” (Patricio Manns)

(Balance de una campaña luminosa y épica)

He tardado un tiempo en escribir el balance de lo que ha sido esta campaña. Tenía que recuperar un tanto las fuerzas, la normalidad de ser nada más que yo. Hoy más repuesto, tanto de las alegrías vividas y gozadas como de las tristezas sufridas, la sabia calma me permite escribir con la debida serenidad que siempre es tan recomendable a la hora de los balances.

En primer lugar, tengo la urgente necesidad de pensar en aquellas y aquellos que me acompañaron y a quienes yo acompañé en esta notable gesta de luminosa cruzada por los más preciados valores humanos que nos han impulsado desde que -como seres conscientes- hemos alcanzado un grado superior de existencia, a partir de tomar nota de la importancia de principios tan vitales como la justicia, la libertad y la fraternidad.

Fue una experiencia de las que pocas veces en la vida tenemos, son de aquellos tiempos de epifanías con lo sublime, de realismo mágico al decir de Gabriel García Márquez, que son totalmente infrecuentes y que sólo es posible alcanzar si nos atrevemos a cruzar la línea de lo inesperado y desconocido, si nos atrevemos a lo que otros no se atreven, y si asumimos –obviamente- las consecuencias de todo aquello. Acá solo cabe alegrarnos de lo vivido, gozarnos de la experiencia estética que hemos tenido y buscar nuevos caminos, nuevas experiencias de plenitud como las que ya comenzamos a dejar atrás.

Quedarán en las alforjas de la memoria indeleble de nuestra breve existencia, las plazas liberadas, las aulas universitarias, los teatros y calles atiborradas de banderas y gentes de buena tela y de todas las edades: jóvenes y hermosas mujeres que inundaban de abundante belleza la marcha hacia La Moneda y hombres jóvenes llenos de testosterona revolucionaria que llenaban de espíritu guerrero el grito desafiante y el blandir de las banderas, y ¿Cómo no sentir nostalgia del llanto luminoso de hombres y mujeres adultos que recuperaron la esperanza que habían perdido en la lucha política, después de años de infructuosos desencuentros y frustraciones? Todos ellos pusieron su corazón y su alma en esta notable gesta épica que puso a miles de seres humanos conscientes, en un camino común de trabajo revolucionario y transformador que no quedará en el olvido y habrá de dejar la huella correspondiente.

Acá nos encontramos mujeres y hombres, viejos y jóvenes, que venían de la Convergencia Anticapitalista, del Movimiento Patriótico, de los Comités Comunistas, de la Unión Nacional Estudiantil, del Movimiento Amplio de Izquierda, del Movimiento Socialista de Trabajadores, del Wallmapuwen, la Izquierda Unida, el Partido Humanista, Unidad Comunista y muchos más; así como independientes que se destacaron en su compromiso y generosa colaboración. Con todos ellos recorrimos la comarca chilena, al igual que Violeta Parra, desenterrando y liberando sueños de justicia, utopías perdidas, esperanzas enredadas en carros de supermercado y carreteras urbanas saturadas de cemento y muerte súbita.

Con todos ellos –mapuche, aymara, chileno, rapanui y otros pueblos de este territorio- llenamos peñas cantando nuestras pretensiones de justicia y libertad, de salarios dignos y pensiones decentes, de constituciones democráticas, de auténtica autonomía y derechos a educarse y tener salud, así como a la restitución de tierras y reconocimiento de antiguas y genuinas dignidades de pueblos que somos todos hermanos.

Hicimos camino al andar, pero, siempre cantando. Cantar fue una impronta de nuestra campaña. Cantábamos con toda el alma al poner el voto en la urna, en los largos y fatigosos caminos con la radio de los vehículos al todo dar de sus parlantes y casi gritando; cantábamos en los restaurantes, al almuerzo y al caer la tarde, en las reuniones del movimiento y, en los escenarios, hicimos del canto un postulado revolucionario. Rompimos todos los estilos del quehacer político de nuestro tiempo, reinventamos la forma de hacer la política, recuperamos el abrazo honesto y el estrechar la mano como una forma de compromiso. Fuimos a buscar el sentir de nuestro pueblo para convertirlo en un canto de esperanza: todavía cantamos, todavía pedimos, todavía soñamos, todavía esperamos…por las flores que aromaban las calles, por la esperanza de saber que es posible que el jardín se ilumine, por un día distinto sin afrentas ni ayunos…

Fuimos los únicos que nos atrevimos a llenar las calles y plazas y los teatros y así fue que esta pequeña minoría electoral fue la única fuerza política que se expresó como tal en esta campaña. Fuimos la estrella de las redes sociales y los ecos de nuestros vibrantes corazones alcanzaron otras latitudes en la vieja Europa, en la nueva Canadá y Australia, y en esta nuestra amada América sureña, morena y sensual como ninguna otra tierra del orbe.

Fuimos la única candidatura que redactó, preparó y desplegó discursos de notable contenido y profundidad. La única candidatura que expuso un relato coherente, con historia y contundencia programática, asumiendo la palabra y su significado como un compromiso y una lealtad inquebrantable, como un anhelo incontenible de traer de vuelta la justicia y los derechos. Pusimos de nuevo en vigencia la palabra empeñada como una decisión tomada.

Construimos un movimiento que alumbrará los destinos de Chile. Hemos nacido para engendrar una nueva historia, una nueva raza de hombres y mujeres, más orgullosa, más generosa, que hablará con voz fuerte y resonante, que no se humillará ante el patrón, que hablará con claridad y determinación y no se arrastrará ante el poder de los dueños de Chile, los señores de la guerra, esos que mandan a matar. No somos de aquellos y aquellas que confundimos la convicción y la determinación con la prepotencia y la arrogancia, ni menos de aquellas y aquellos que confunden el respeto con la sumisión y la subordinación.

En todo esto hubo que pagar -cómo no- precios muy altos. Así nos lo recuerda ese notable americano, José Martí, “…el crimen y la desvergüenza salen siempre al camino de las obras virtuosas…”. No puedo dejar de mencionar cosas que hirieron profundamente mi ánimo y mi fortaleza física: las denuncias sobre mi conducta familiar y mí supuesta ligazón con la dictadura militar. El asunto del Diario Uno fue también algo que reiteradamente tuve que explicar.

Está demás decir que los medios de comunicación jugaron el juego de los poderosos y lo hicieron de manera repugnante e indecorosa, pero, eso lo sabíamos. Está demás decir que los recursos fueron totalmente desequilibrantes y que los poderosos pusieron todas sus fichas en la Concertación y su candidata pusilánime y mediocre, pero eso también lo sabíamos.

También sabíamos que todas las más viles y bajas prácticas humanas se iban a poner en juego, pero, en verdad, en algunos momentos superaron mi capacidad de resistir y soportar tanta inmunda materia de infierno y orgasmo luciferino. Creo que lo más grosero y doloroso que debí soportar fueron las acusaciones sobre mi conducta violenta e irresponsable con mis hijos de mi ex mujer.

Al respecto solo quisiera señalar -en mi defensa y sólo para quienes han puesto su confianza en mí como vocero de esta odisea política, pues, para los que nos atacan no habrá juicio justo que les haga cambiar de opinión- que nunca fue la violencia la forma de educar a mis hijos ni la forma de relacionarme con mi ex mujer, a quien siempre respeté y traté con la dignidad que toda persona merece. No sólo por 27 años he asumido con largueza mis obligaciones económicas y por 23 años el cien por ciento de ellas, sino que también fui un padre presente, que se levantaba por las mañanas y les preparaba el desayuno, los llevaba al colegio, los acompañaba al médico y los cuidaba de sus enfermedades y de sus necesidades de contención afectiva. Nadie es buen juez de sí mismo eso está claro, pero, esas cosas fueron así, nadie puede negarlas sin faltar gravemente a la verdad y no fue de ninguna manera la violencia ni el castigo una práctica a la que yo haya recurrido con mis hijos.

Respecto a los escritos absurdos y llenos de tergiversaciones malintencionadas que fueron redactadas por mi ex mujer y puestas en las redes sociales justo al momento de la elección, sólo puedo señalar que es ella quien menos puede decir cosas iguales. Durante los 23 años que vivió conmigo, con toda libertad estudio, trabajó y se tituló, pudo hacer tres postgrados, y todo ello sin la menor obligación ni responsabilidad económica con los hijos, a pesar de recibir no pocos ingresos, pues esa era, según ella, mi total responsabilidad; además, jamás fue violentada en medida menor siquiera, ni verbal ni físicamente. Nunca tuvo restricción alguna para desplegar sus potencialidades como persona, lo que yo no pude hacer de igual forma, dado que no eran pocas las responsabilidades que yo tenía con la familia. La separación fue una decisión mía pues simplemente no pude seguir tolerando su compulsiva manera de destruir la integridad moral de las personas que la circundan. Lo hice cuando ya mis hijos eran suficientemente grandes y cuando consideré que podían vincularse conmigo sin la intermediación de la madre. Esos escritos que repugnan la conciencia universal y el sentido de justicia, no son más que una continuación de su conducta incesante y compulsiva de degradar y destruir la legitimidad del otro. No es ella precisamente la víctima en esta historia.
En cuanto a las acusaciones de haber trabajado para la dictadura creo he sido suficientemente explícito en mis respuestas y no voy a profundizar en ello, salvo decir que siempre trabajé –desde los inicios de la dictadura- en contra del régimen y fui explícitamente un activista contrario a ese período oscuro de Chile.
Lo del Diario Uno también lo he explicado en abundancia y no da para seguir con esto, salvo insistir que era un proyecto político y no una empresa lucrativa. No había trabajadores ni nada parecido a ello. Éramos todos colaboradores en una cruzada por la libertad de expresión, nada más. Lo que sí quisiera yo agregar –también para mi defensa- es que cuando he tenido trabajadores bajo mi responsabilidad, siempre fue dentro del sistema de contratos, se pagaron siempre las respectivas cotizaciones previsionales, y los sueldos eran muy superiores a los de mercado. El trato que yo he dado a quienes trabajaron junto a mí, ha sido respetuoso y apegado a sus derechos. Así lo hice cuando tuve la responsabilidad directiva en Terram y Océana.

Ciertamente los resultados electorales no nos favorecen mucho, pero, la política es una tarea larga que toma mucho tiempo. Llevamos 500 años de dominación extranjera y lo nuestro fue “un grito de liberación, por el siglo y medio de humillación”. ¡¡Templanza compañeros!! El camino es largo y serán otros hombres y otras mujeres quienes conocerán la tierra prometida después de una larga y trabajosa marcha por el desierto. No logramos despertar a todos los jóvenes, enfrentamos ese fenómeno doloroso de la colonialidad del poder que hace a los pueblos besar la mano de quienes los oprimen, que los hace sentirse justamente explotados y humillados, que los deja ausentes y no implicados en su propia historia, que los hace entregar a terceros los destinos de sus vidas y la de sus hijos.

Somos también un país aún muy enfermo, tal como dijo Rodrigo Paz “en la sociedad chilena se instaló la anomia, es decir, la pérdida de la confianza en que existe un colectivo, un fenómeno que genera aislamiento e insensibilización”. Hay cuatro veces más síntomas depresivos en la población de chilenos adultos que en el resto de la población mundial. Tres de cada cuatro niños chilenos declara que en su casa hay situaciones de violencia física y/o psicológica, y uno de cada diez niños chilenos reporta que ha sido víctima de abuso sexual. Estos datos no son menores a la hora de comprender las dificultades que enfrenta un proyecto político nuevo, puesto que, la desesperanza aprendida, la depresión permanente, la costumbre al maltrato, tener la certeza de que nada cambiará y todo da lo mismo, hacen muy difíciles los cambios políticos ¿Cómo superar fácilmente, por ejemplo, esa odiosa frase mil veces escuchada durante la campaña “da lo mismo por quién votar todos los políticos son iguales”? Son cuarenta años de experiencia en frustración y desencanto con la política y no es fácil cambiar eso con todos los vientos en contra.

Nosotras y nosotros hicimos lo que más pudimos, no fuimos ajenos a los errores que por cierto tenemos la voluntad de enmendar, pero, como sabemos, nunca estarán ausentes los equívocos en las acciones humanas. Enfrentábamos no sólo el legado de 500 años de opresión y prácticas de sumisión y subordinación de larga data, sino también, un país particularmente afectado por los últimos cuarenta años de impunidad, atropellos, violaciones y brutalidades sin fin. Y todo lo instituido desde la dictadura hasta la fecha, trabajó en contra nuestra.

Ahora comenzamos la campaña para los próximos cuatro años que nos conducirá a La Moneda. Vamos a visitar Chile de nuevo, nos reuniremos con los comandos locales e iremos a todos los rincones de la patria. Tenemos la obligación de mantener viva esta tarea de construcción colectiva que nos permita cambiar los destinos de Chile. Debemos darle una orgánica, un programa político y una estrategia de acción. Debemos estar presentes en los próximos eventos electorales y en todos y cada uno de los conflictos ambientales y laborales. Debemos acordar una convocatoria a un congreso nacional del movimiento, en donde todas estas cosas serán discutidas, analizadas, definidas y puestas en práctica.

Somos una fuerza política en expansión, partimos 200 en el Cine Arte Alameda en enero 2013, fuimos 10 mil en la inscripción de la candidatura, llenamos el Caupolicán totalmente, convocamos a 50 mil espíritus en Brasil con Alameda en el evento de cierre de la campaña; y en las urnas llegamos a 180 mil personas. Todo esto en 10 meses nada más. Nos hemos propuesto refundar Chile y para allá vamos. A no desfallecer y, en cuanto los caballos hayan tomado el descanso necesario y el agua vital para recuperar las fuerzas, retomaremos la senda del Ejercito Libertador.

En mi balance personal ya lo he dicho, a pesar de los daños colaterales y gratuitas impugnaciones malintencionadas, puedo decir que fui feliz. Como diría Serrat “de vez en cuando la vida nos besa en la boca”. Este fue uno de esos tiempos para mí. Fue todo un placer recorrer la comarca y descubrir el tercer Chile, no ese que sufre el dolor de la injusticia ni menos ese que se vanagloria de los indicadores macroeconómicos que nunca son éxitos de Chile sino del extranjero. No, conocimos ese aún pequeño país que sueña, se enamora de un futuro más noble y generoso, que quiere proteger sus montañas, sus ríos, sus niños y sus abuelos, sus animales, su desierto y sus bosques, sus maravillosos lagos y su descollante Patagonia. Ese es el Chile que hemos hecho nacer y lo cuidaremos como el más preciado tesoro. Tenemos cuatro años por delante y debemos seguir dándole batalla a los depredadores y a los nuevos negreros.

Con Fito Páez y la Mercedes Sosa lo repito nuevamente:
¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón

Por nuestra revolución ciudadana
¡¡Arriba los que luchan!!
¡¡Que vivan para siempre las que luchan!!

Marcel Claude.

marcel2014:

Marcel 2014!

marcel2014:

Marcel 2014!

Reblogged from El Reparador de Alas

marcel2014:

 Video del debate presidencial completo. 

Marcel 2014!

marcel2014:

Marcel Claude 2014 yeah!

marcel2014:

Marcel Claude 2014 yeah!

marcel2014:

El proyecto de la hidroeléctrica Alto Maipo amenaza con destruir extensas áreas verdes del Cajón del Maipo, poniendo además en riesgo el abastecimiento de agua de Santiago. Esta central fundamentalmente se hace para sustentar la generación de energía de los yacimientos mineros del grupo Luksic, grupo que apoya directamente el proyecto político de la concertación y la candidatura de Bachelet.

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spaceoid:

Two childhood friends unexpectedly reunite on opposite sides of a demonstration in 1972

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Two childhood friends unexpectedly reunite on opposite sides of a demonstration in 1972

Reblogged from El Reparador de Alas

marcel2014:

Marcel se refiere a los Mapuche. El conflicto con la nación chilena, y la necesidad de justicia frente a los abusos y atropellos cometidos históricamente contra éstos.

la-historia-es-nuestra:

O Comandante e o Libertador

la-historia-es-nuestra:

O Comandante e o Libertador

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marcel2014:

El rol de la farándula como instrumento político.
Marcel 2014!

marcel2014:

El rol de la farándula como instrumento político.

Marcel 2014!

thepoliticalfreakshow:

How White People Shouldn’t Talk About Race

NOTE: This article was originally posted on Slate by Katy Waldman. 
Jessie-Lane Metz has written a searing piece for the Toast on what she calls “Ally-phobia”—what happens when white writers foreground their own experiences in the conversation about racism in America, instead of stepping back and supporting the black voices that have more urgent and meaningful things to say. Her anger, she is the first to acknowledge, is scalding, though fiercely eloquent. She looks at how white feminists in the wake of the Trayvon Martin verdict have grappled with prejudice by exposing—painfully—their own fears around black men. Such confessionals frame themselves as “ally work,” she says. But they privilege white perspectives and inflict pain on the black readers forced to confront fresh instances of racism—in print, from the brains of self-aware and reluctant feminists, but no less real.


I’ve reached out to Metz to talk about her piece and will update this post if I hear back. But in the meantime, here are a few quotes.


On Trayvon Martin and white allies:


I want to emphasize that the Trayvon Martin murder trial and aftermath is not about having better white jurors. It is about ending racist laws in a racist system that target Black people in terrible ways….This is not about being the “best” ally. Being the best ally one can be should already be a given at this point. This is about centering and discussing racism, with Black people leading this discussion.


And:


This [the verdict] seemed to be a clear moment for Black people to be the voice of authority on a topic entrenched in our reality, while those who sought to be helpful could support our voices.


On a blog post by Steph Guthrie (now deleted):


My first critique is that this post, and posts like it, re-centre whiteness. When a person of colour speaks to their own experiences of racism, they are speaking to a collective pain, and speaking truth to power. When a person with white skin privilege gives an anecdote about racism, whether their own or someone else’s, they are exposing more racialized people to this discrimination, and reasserting their own privilege. The narrative is no longer about Black victims of racist crimes and a deeply flawed justice system, it is about white feelings about Black bodies and their experiences.


On a piece by Jessica Valenti:


At the beginning of the article Jessica provides an example of terrible anti-Black racism that she was privy to in conversation with another white person. Similar to my critique of Steph’s article, I find myself asking “how does exposing Black people to another racist anecdote constitute anything other than an act of racism?”


If I understand Metz correctly, white people can help by ceding the floor to those whose testimonies about racism deserve more attention than theirs. These stories deserve more attention both as a kind of recompense for what the victims of racism have suffered and because they are more illuminating. I accept both premises: Black voices have earned—and continue to earn—the right to dominate our dialogue about racism, and what they have to say is more valuable than what white voices have to say. One person’s pain merits more of our collective mental bandwidth than another’s pity or dawning comprehension. Still, you can privilege one set of experiences without excluding all the others—and I don’t share Metz’ view that white people writing about race, even wrestling with their own racism, is a bad thing.


Telling writers like Steph Guthrie and Jessica Valenti not to speak honestly about prejudice cuts us off from legitimate insights about the world we still live in. Yes, such confessionals focus on the (white) person confessing, but they can also be instructive. I wasn’t sure when I first started writing this post how to calculate the trade-off between hurt and revelation—if the same piece of information harms one person and enlightens another, what do you do? What if the knowledge both stings and informs? But Guthrie and Valenti confronted the poisonous white woman/black man narrative in good faith. Their transparency—their willingness to publicly interrogate flawed beliefs—is a step in the right direction.    



We’re taught in school to respond to other people’s suffering by empathizing. In practice, I think this means imagining ourselves in various situations, and also examining what we have done to create or nourish those situations. It is hard to read about when empathy backfires, becoming appropriation, becoming self-indulgent. I don’t want to be someone who borrows another person’s history in the interests of personal growth. “I am willing to have a conversation,” Metz writes. “Not as a service to you, but because of your responsibility to me.” I want to ask her: Can it be both? I don’t know how to write about these issues without being a white woman writing about these issues. Or how to think about racism without being a white woman thinking about racism. I want to ask the question, “where should I start?” though I suspect the answer has something to do with taking the “I” out of the equation.

thepoliticalfreakshow:

How White People Shouldn’t Talk About Race

NOTE: This article was originally posted on Slate by Katy Waldman. 

Jessie-Lane Metz has written a searing piece for the Toast on what she calls “Ally-phobia”—what happens when white writers foreground their own experiences in the conversation about racism in America, instead of stepping back and supporting the black voices that have more urgent and meaningful things to say. Her anger, she is the first to acknowledge, is scalding, though fiercely eloquent. She looks at how white feminists in the wake of the Trayvon Martin verdict have grappled with prejudice by exposing—painfully—their own fears around black men. Such confessionals frame themselves as “ally work,” she says. But they privilege white perspectives and inflict pain on the black readers forced to confront fresh instances of racism—in print, from the brains of self-aware and reluctant feminists, but no less real.

I’ve reached out to Metz to talk about her piece and will update this post if I hear back. But in the meantime, here are a few quotes.

On Trayvon Martin and white allies:

I want to emphasize that the Trayvon Martin murder trial and aftermath is not about having better white jurors. It is about ending racist laws in a racist system that target Black people in terrible ways….This is not about being the “best” ally. Being the best ally one can be should already be a given at this point. This is about centering and discussing racism, with Black people leading this discussion.

And:

This [the verdict] seemed to be a clear moment for Black people to be the voice of authority on a topic entrenched in our reality, while those who sought to be helpful could support our voices.

On a blog post by Steph Guthrie (now deleted):

My first critique is that this post, and posts like it, re-centre whiteness. When a person of colour speaks to their own experiences of racism, they are speaking to a collective pain, and speaking truth to power. When a person with white skin privilege gives an anecdote about racism, whether their own or someone else’s, they are exposing more racialized people to this discrimination, and reasserting their own privilege. The narrative is no longer about Black victims of racist crimes and a deeply flawed justice system, it is about white feelings about Black bodies and their experiences.
At the beginning of the article Jessica provides an example of terrible anti-Black racism that she was privy to in conversation with another white person. Similar to my critique of Steph’s article, I find myself asking “how does exposing Black people to another racist anecdote constitute anything other than an act of racism?”

If I understand Metz correctly, white people can help by ceding the floor to those whose testimonies about racism deserve more attention than theirs. These stories deserve more attention both as a kind of recompense for what the victims of racism have suffered and because they are more illuminating. I accept both premises: Black voices have earned—and continue to earn—the right to dominate our dialogue about racism, and what they have to say is more valuable than what white voices have to say. One person’s pain merits more of our collective mental bandwidth than another’s pity or dawning comprehension. Still, you can privilege one set of experiences without excluding all the others—and I don’t share Metz’ view that white people writing about race, even wrestling with their own racism, is a bad thing.

Telling writers like Steph Guthrie and Jessica Valenti not to speak honestly about prejudice cuts us off from legitimate insights about the world we still live in. Yes, such confessionals focus on the (white) person confessing, but they can also be instructive. I wasn’t sure when I first started writing this post how to calculate the trade-off between hurt and revelation—if the same piece of information harms one person and enlightens another, what do you do? What if the knowledge both stings and informs? But Guthrie and Valenti confronted the poisonous white woman/black man narrative in good faith. Their transparency—their willingness to publicly interrogate flawed beliefs—is a step in the right direction.    

We’re taught in school to respond to other people’s suffering by empathizing. In practice, I think this means imagining ourselves in various situations, and also examining what we have done to create or nourish those situations. It is hard to read about when empathy backfires, becoming appropriation, becoming self-indulgent. I don’t want to be someone who borrows another person’s history in the interests of personal growth. “I am willing to have a conversation,” Metz writes. “Not as a service to you, but because of your responsibility to me.” I want to ask her: Can it be both? I don’t know how to write about these issues without being a white woman writing about these issues. Or how to think about racism without being a white woman thinking about racism. I want to ask the question, “where should I start?” though I suspect the answer has something to do with taking the “I” out of the equation.

marcel2014:

"La concertación es un proyecto político fracasado, han servido a los intereses de los grupos económicos". “Ella (Bachelet) dice algo y después tiene que desdecirse, ser imprecisa, dejar las cosas en la nada y apuntar toda su campaña a una imagen construida con publicidad, vender un producto de supermercado”.
“Nosotros (Tod@s a la Moneda) tenemos 350 comandos catastrados, todos se han autoconvocado sobre la base de voluntarios jóvenes, que trabajan gratis, que nadie les paga nada, que imprimen sus propias camisetas, sus eslogans (…) Tienen un espíritu de lucha, una esperanza, una utopía que sobrecoge”